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Desafíos y oportunidades del periodismo cultural en Centroamérica

Desafíos y oportunidades del periodismo cultural en Centroamérica

“El periodismo cultural no es un asunto de musas”

Si cruzamos un río saltando sobre algunas piedras, entenderemos perfectamente lo que Centroamérica ha sido para muchos intelectuales, artistas, comediantes, traficantes de drogas, tratantes de blancas y políticos.

Las piedras vienen a ser los países centroamericanos que sirven sólo para dar el salto.

Las noticias “importantes”, la gente “importante”, las actividades culturales “importantes” y hasta las divas del cine “importantes” pasan de Estados Unidos hacia Argentina o Brasil, a veces haciendo una breve escala en nuestros países.

Incluso, a veces, se detienen para, según ellos, honrarnos con algún espectáculo de segunda categoría diseñado para países pobres.

Por nuestras tierras cruzan armamentos. Además, atraviesan niños y ancianas que van en tránsito hacia el país de la fantasía, esto es, hacia Estados Unidos y su cada vez más monstruosa pesadilla americana. Lo peor de todo es que mientras más servimos de territorio de paso, más nos hemos acostumbrado a la idea de que para eso estamos.

Los gobiernos del sur y del norte, así como los europeos, se lamen los dedos ante noticias frescas centroamericanas relacionadas con el narcotráfico, las maras, la pobreza, los gobiernos en pugna, los pleitos territoriales que mantienen Nicaragua y Costa Rica; esos gobiernos, ese público del sur y del norte y del otro lado del charco, se gozan frente a un plato de noticias nuestras que tengan que ver con nuestra sangre, nuestra inseguridad, y cualquier manifestación de violencia.

No sé si se han puesto a pensar alguna vez cómo nos ven los europeos a los centroamericanos.

Aparte de que físicamente nos ven pequeños y peludos, desconfían de nosotros en los supermercados y en los aeropuertos. Nos humillan en los puestos migratorios, hasta los cubanos de Miami nos ven con desconfianza cuando ponemos un pie adentro de sus tiendas. Es más, voy a aventurarme a proferir una verdad sin base científica, pero les aseguro que no es tan ridícula como parece. Es algo importante de ser mencionado a propósito de esta conferencia.

Nosotros los centroamericanos habitamos en un lugar que muchos europeos y sudamericanos consideran una parcela sucia, donde los niños comen ratas; monos y elefantes van y vienen por calles polvorientas llenas de excrementos; somos gente descalza con moscas en la cara y que hacemos fiestas con pitos y marimba. Según ellos, somos países que viven en permanente Estado de Sitio, haciendo Golpes de Estado mensuales, que vivimos bajo la bota del comunismo, bajo la bota del capitalismo, en nuestras tierras hay permanente fuego cruzado y delincuencia. Es más, hacemos largas filas para entrar al único café Internet y no tenemos dientes delanteros.

A decir verdad, no están muy alejados de la realidad, pero es justo aclarar que no tenemos elefantes en las calles.
En relación a la Prensa

Se imaginan que trabajamos en covachas con techos de paja; adentro hay un jefe de redacción mulato, de rostro brillante que anda en pantalones cortos, color kaki; un lugar donde los redactores, acalorados, nos la pasamos todo el día tomando agua de coco. Además, cada uno de nosotros lleva al cinto un machete bien afilado, por aquello de que nos ataquen las maras.

Les aseguro que todo eso lo piensan en realidad. Tal ha sido mi sorpresa y experiencia como periodista cultural. Cuando se nos acercan periodistas profesionales de los países desarrollados, primero lo hacen con curiosidad, como cuando se va a presenciar el descubrimiento de un monolito. Es como si esperaran que hiciéramos periodismo cultural de la misma forma como echamos las tortillas en el comal.

Algunos periodistas europeos de alto nivel, o algunos académicos del Norte y de Sur, ustedes no me lo van a creer, pero algunos de ellos piensan que por ser países pobres no pensamos, creen que somos incapaces de articular ideas.

Bajo esa perspectiva, esos extranjeros y el mundo se preguntarán ¿Qué clase de periodismo cultural puede existir en semejantes lugares? ¿No será que dobladas las rodillas, los centroamericanos le rinden culto al Dios Reuter, a la Diosa EFE, a la Reina AFP y al resto de agencias noticiosas que hay en el mundo?

¿No será que su periodismo cultural no es más que un rastreo de Google o que intenta ser una copia de lo que se escribe en el diario El País, por ejemplo?

Podríamos responder con la gran calidad de artículos periodísticos, con nuestros grandes artistas. Podríamos responder con nuestras excelentes escritoras y escritores, con nuestros intelectuales de primera línea que bien podrían dirigir los destinos de Europa. Pero no siempre respondemos de esa manera, porque los periodistas
culturales de esta región no siempre hablamos con un sentido crítico de lo que tenemos, sino de lo que otros países tienen.

Antes de proseguir, debo aclarar dos cosas que considero sumamente importantes: la primera, que no es mi intención lanzar con estas palabras un miserable sermón xenófobo; todo lo contrario, me uno a quienes admiran la creatividad y los grandes aportes culturales de los países desarrollados. De hecho, heredamos de ellos grandes cosas que nos permiten enriquecer nuestro bagaje. Podemos reconocer, incluso con gratitud, el aporte extranjero que llevamos hasta en nuestros pantalones; todo eso es magnífico, lo innecesario es marginar cualquier estudio que enriquezca el conocimiento de los taparrabos.

Periodismo cultural en Centroamérica

Y lo segundo, que debe importarnos un centavo lo que otros países piensan de nosotros, sin embargo, en este caso es necesario agarrar al toro por los cuernos e indagar en qué medida todo eso incide en el tipo de periodismo cultural que ejercemos.

Afecta, para empezar, porque nuestros gobiernos y las empresas actúan en consecuencia. Los gobernantes maquillan el folclor. Visten de trajes indígenas o de paisanos a los institutos de arte y los envían por el mundo como embajadores de lo que llaman
nuestra cultura. Los empresarios y los directores de los medios de comunicación centroamericanos responden maquillando la cultura.

Entonces, ¿Cómo nos ven los directores de los medios, los artistas y los lectores a los periodistas culturales? El periodista de la sección cultural, en la mayoría de los casos, es considerado el ocioso del diario, el que se va de tragos con los pintores; el que escribe una gacetilla sobre un recital de guitarra y otra sobre el cumpleaños de Saramago. Es visto como el encargado de recordarnos natalicios de gente famosa. Para muchos, el periodista cultural solo sirve para recordarnos que en tal año murió J. S. Bach. En sus excesos, es visto como el gato que reposa en el sofá y se eriza con un chisme farandulero. Es más, muchos estudiantes de periodismo, hombres o mujeres, eligen hacer sus prácticas en las secciones culturales de los diarios porque creen que allí se haraganea, allí está el paraíso de los flojos, allí harán vida artística y social. Algunos estudiantes o periodistas ya formados NO quieren ir a Economía o a Política porque piensan que les irá mejor en la sección Cultura. Aún así, todavía nos preguntamos ¿Por qué nos ven así?

Nos ven así porque Algunos periodistas culturales y autores de blogs o de revistas electrónicas, intimidados por los usos del lenguaje y del conocimiento en manos europeas, intentan escribir como ellos, tratan de estar al tanto de los temas que a ellos les preocupan desatendiendo así la cultura interna tan valiosa que tenemos. Sencillamente, responden tratando de imitar el periodismo cultural que se hace en los países desarrollados. No quieren parecer tontos, ni retrasados, ni ignorantes. Los directores de los medios de comunicación se alinean a ese tipo de proyección cultural y esperan que sus páginas estén al tanto de esas noticias. Noticias que son valiosas, sí, claro que son valiosas, pero que mal conceptualizadas en un medio, le caen encima a la cultura nacional y universal.

Por todo eso, en algunos periódicos de Centroamérica, el periodismo cultural es visto como un florero que igual adorna que estorba.

Estoy harto de la superficialidad con la que nos miran a las secciones culturales, pero por sobre todo estoy harto de que tengan mucha razón: a veces somos nosotros, quienes hacemos estas secciones, los responsables de que se nos vea como deshojadores de margaritas, como fumadores de opio, como gente superficial que sirve de apoyo a los poetas. Lo que es peor, los poetas mismos, por su parte, nos desprecian porque no les damos la portada cada vez que sacan su libro, o los pintores nos reprochan la ligereza con la que abordamos su obra. Los artistas en general creen que somos gente inferior a ellos, que está a su servicio, y que si no estamos con ellos, estamos contra ellos, y nos acusan de que no publicamos nada cultural y demasiado sobre la operación de culo que se haya hecho cualquiera de las Hilton.

Ese es el panorama. He leído -con grave desconcierto-, en algunas oportunidades, cuando algún periodista cultural se coloca en situaciones bochornosas y hasta humillantes ante directores de orquesta, escritores o ante grandes fotógrafos extranjeros, porque no sabe nada de ellos; no se ha tomado el tiempo de leer con quién está hablando, y en el momento de la entrevista termina preguntándole a qué se dedica, en dónde estudió o cómo le nació la inspiración.

Como quien dice, el periodista cultural está entre la espada y la pared, pero es quien le saca filo a esa espada.

Pero así como no es mi objetivo preocuparme por lo que piensan los demás países de nosotros como centroamericanos, tampoco es mi intención que nos victimicemos, ni pretendo elaborar un legajo de acusaciones en contra nuestra. Apunto realidades, parto del trabajo de campo para que finalmente analicemos cuáles son nuestras oportunidades y desafíos como periodistas culturales.

Y aun cuando esta no es una conferencia sobre qué es y qué no es el periodismo cultural, les propongo que nos tomemos un par de minutos para recordarlo.

¿Qué entendemos por periodismo cultural?

Cultura es todo lo que hacemos y cómo lo hacemos. Como vemos, el costal es excesivamente grande. No podemos abarcarlo todo, por eso, es necesario delimitar nuestros campos de acción.

Advirtamos que el periodismo cultural no es algo liviano, ni algo cercano a las secciones de Hogar -con el perdón de las secciones de Hogar, pues también son importantes-. Personalmente he llegado a la conclusión de que el periodismo cultural puede ser algo tan serio como delinquir. Puede hacer el bien o puede hacer el mal.
Decía André Breton:

“Una palabra y todo está perdido, una palabra y todo está salvado”.

Hasta hace algunas décadas, las manifestaciones cultas se restringían a lo que dio en llamarse Bellas Artes, que incluían la arquitectura, la escultura, la pintura, la literatura, la danza y la música. Era más o menos fácil, pero llegó el momento en que todo se expandió, aparecieron nuevas formas de expresión artística, nuevos instrumentos musicales, nuevas formas de hacer teatro, etcétera, y en esa expansión se empezó a confundir también el periodismo cultural con las notas de anuncios culturales y con el periodismo social.

Así como recordamos la guerra de los 30 años o la estúpida guerra del futbol, hoy podríamos recordar las batallas libradas entre las secciones de cultura y de sociedad en algunos diarios, cuando el periodista cultural no quería que le se comparara con el cronista de cocteles y de viejas y viejos que se ponían sus caros trajes para ir a la ópera.

Hoy día, el pleito que se ha inventado es entre la farándula y la cultura. En tal sentido, veamos qué sucede. Hace muchos años, eran antagonistas las Bellas Artes y Los Tigres del Norte, por ejemplo. Se creía que a la ópera iban los ricos y que a un vallenato iba la chusma.

El teatro era para la gente culta y el circo para los pobres. Eso ha cambiado, afortunadamente. Hoy día, por lo tanto, el periodista cultural debe abordar con seriedad tanto una crónica reguetonera como un concierto de heavy metal o una ópera.

Ese es uno de los principales desafíos: aceptar el cambio, entender que igual se debe escribir sobre un concierto de la Filarmónica de Berlín que sobre un grupo de rock local.

La cultura no es exclusiva de un sector, no es propiedad de la élite.

Algunos periodistas todavía consideran que el hip hop o los mariachis no son temas culturales. Eso es cada día más un pensamiento anacrónico. Farándula y cultura se vienen fundiendo desde hace tiempo, queramos o no queramos. El problema es que esa fusión se ha malinterpretado; se suele hacer un periodismo de chisme farandulero, por lo que el desafío del periodista cultural es el de abrir nuevos ángulos, dar otros enfoques, descubrir a sus lectores novedosas características.

Centroamérica es, casi siempre, la última en establecer cambios. Primero observa cómo se está haciendo en otros lugares antes de dar el paso. Ya sea por miedo o por prudencia, esa sigue siendo la razón por la cual en el mundo unos son los amos y otros
son los seguidores.

Mas el mundo se abre.

En estos tiempos, el periodismo cultural es motivo de amplias discusiones estéticas y antropológicas. Las empresas periodísticas, los blogs, el periodismo ciudadano y otras fuentes de información toman gran fuerza en el mundo.

Por eso, para el periodista cultural es necesario ampliar ese panorama, porque si desiste de hacerlo, si se niega a evolucionar, quedará anquilosado en un mundillo pretencioso.

No solo es un asunto de evolucionar en la Web, en las nuevas tecnologías, no, es asunto de evolucionar en la mentalidad.

No me dejarán mentir, pero mientras que muchos de nosotros -que somos gente del siglo pasado-, intentamos abrirnos, evolucionar tratando de aceptar en nuestros análisis a todos los géneros artísticos incluyendo el perreo o a la punta como serios fenómenos antropológicos, otros, muchas veces los periodistas más novatos, se cierran a las formas precedentes tales como la cantata escénica, al piano o a un recital de violín, se cierran a los pitos y a la marimba, porque para ellos el único desafío está en aprender a usar las herramientas Web.

Evolucionar no es sencillamente conocer la tecnología y aplicarla, es poner en movimiento nuestra mentalidad.

En otras palabras, nuestro reto es que no seamos ni dinosaurios que descalifiquen a los jóvenes, ni jóvenes todavía meados que creen que están inventando una revolución periodística digital.

El periodista cultural está obligado a saber los pormenores de una ópera o de un concierto de rock, decía, pero también de un baile folclórico, una sesión de jazz, tiene que interesarse por la poesía oculta en la letra de las baladas y es bueno que conozca detalles sobre los cantantes populares.

No puedo imaginar a un periodista de esas secciones al que no le guste asistir a una galería de arte, a un concierto de rock o a un mercado. Y es que el periodismo cultural es más que observar ballet. Es una decidida ciencia y pasión que arrastra una
monstruosa necesidad de comerse lo visto, de tragarse vorazmente lo escuchado y devolverlo escrito, así sea pop o guitarra acústica.

El periodismo cultural es una vocación. Así como es impensable que haya un matemático que odie resolver ecuaciones, igualmente es impensable un periodista cultural que deteste leer, que no disfrute asistir a un recital de guitarra, a una exposición de óleos; es impensable que le disguste el ballet, la danza, las artes escénicas en todas sus manifestaciones.

Y ojo, que no hablo de erudición, no digo que seamos los Leonardos Da Vinci del siglo XXI; con todo esto no quiero decir que nos hagamos expertos en todas las ciencias, sino que seamos capaces de abrirnos a todas las posibilidades y de indagar en cada
fenómeno cultural.

Solo hay algo peor que un periodista ignorante, y es un periodista con posees de erudito.

Si sabemos cuál es nuestra vocación, en nuestra justa medida, debemos identificar qué es lo que tenemos a nuestro alcance para hacer eso que llamamos periodismo cultural. A saber, nuestras herramientas:

  • Además de radio y televisión, en la Web, ya lo sabemos, tenemos todas las redes sociales.
  • y el periodismo impreso, en el que normalmente tenemos:
    • Suplementos culturales, Secciones culturales y Revistas culturales.

No debo detenerme a describir cada uno de estos. Pero es bueno que lo tengamos claro, pues nuestros periódicos centroamericanos no siempre tienen claras estas diferencias, y eso hace que los redactores de un suplemento se sientan mejor ubicados dentro del periodismo cultural que los de las secciones.

Generalmente, la diferencia está pautada solamente por el espacio y porque los géneros que se manejan en los suplementos permiten que el periodista cultural exhiba más su opinión.

Desafíos y oportunidades del periodismo cultural

Como decía, nuestro desafío es evolucionar mentalmente, pero además conviene que señalemos otros Desafíos y oportunidades

  1. La primera gran oportunidad es que sepamos ver hacia adentro de nuestros pueblos.
  2. Segunda, es hora de que pongamos en práctica más géneros periodísticos y literarios.
  3. Tercera, debemos reinventar lo que ya tenemos, desde un pie de página hasta un artículo de fondo.
  4. Cuarta, actualicémonos constantemente
  5. Quinta, hagamos alianzas con otros periodistas culturales de la región.
  6. Sexta, ejercitémonos en las habilidades de Saber observar, Saber informarnos antes de cada fenómeno cultural, y Saber escribir.
  7. Sétima, busquemos nuevos ángulos en cada noticia o nota cultural.
  8. Octava, exploraremos los beneficios de la Web

Intentaré referirme a cada uno de estos puntos, aunque evitaré la fórmula de listar para explicar y más bien discurriré sobre cada una de esas oportunidades y desafíos.

Puede que haya una cultura más interesante en una carnicería hondureña que en un monumento al Cisne en una plaza española. (aquí me refiero al numeral -1-, y así sucesivamente) Con esto quiero decir que tenemos la posibilidad de describir cuanto está a nuestro alcance. NO significa que debamos abandonar a la bellas artes, pues el periodista cultural debe conocerlo todo, y eso incluye a los antiguos cánones. Pero – 2- Quizás es hora de que pongamos en práctica más géneros literarios tales como los artículos de costumbres y las crónicas para dar a conocer toda la cultura que vibra en nuestros mercados y plazas.

Es hora de que levantemos el polvo de los estilos restringidos a ensalzar la obra de un pintor. No basta con dar a conocer un currículo, hay que dar a conocer las entrañas y el alma de ese pintor.

Ya basta del periodista que cansado de ser un cazanoticias de perros aplastados migra a las secciones mal llamadas Light -o superficiales- para veranear.

-6- Hagamos uso de la técnica y de la sensibilidad, o si prefieren, -no me importa sonar algo cursi-: hay que hacer uso del cerebro y del corazón para escribir. Esto es, -4- el periodista cultural debe informarse totalmente de cada actividad cultural. Y cuando
me refiero a que hay que saber escribir, quiero decir que la belleza está en el canto del lenguaje. La belleza está en dar a conocer la vida con ese canto.

-6- quisiera en este momento recordar lo que decía el maestro Ryszard Kapuściński acerca de la escritura de un artículo. Él decía que para cada hoja escrita había que leer cien páginas sobre el tema, no 90 páginas ni 99 páginas, 100 páginas leídas por cada página escrita.

La mala noticia es que así como no se puede lograr que a un periodista cultural le entren las matemáticas y las cifras económicas por las orejas, tampoco a un periodista sin vocación cultural se le puede meter la belleza y comprensión de una sinfonía con inyecciones.

Pero me atrevo a asegurar -a no ser por los estudiantes haraganes que antes mencionaba-, que la mayoría de los que asistimos talleres o nos tomamos el tiempo para aprender algo sobre periodismo cultural, tenemos talento para ello y podemos prosperar en ese sentido.

Lo que hay que hacer es muy sencillo:

  • debemos ver la realidad,
  • descubrir nuestra capacidad
  • y actuar en consecuencia.

Pero, ojo, así como no todo lo que brota de nuestro ronco pecho es poesía, no todo cuanto escribimos puede ser creativo, novedoso y ameno.

He impartido talleres de periodismo narrativo y de crónica, y luego he visto como algunos participantes, después, se animan a ensayar una nueva entradilla, o le ponen colochos a un pie de página, o intentan ser más creativos haciendo casi un poema para anunciar un recital de poesía. Lamentablemente, el camino no es ese. No se trata de dejarse llevar solamente por la inspiración; el periodismo cultural no es asunto de musas ni de fantasías, sino de disciplina, de conocimiento, de análisis de cada verbo anotado, antes que de inspiración. Debemos, ante todo reconocer cuáles son nuestras posibilidades para incrementarlas. Y si alguien tiene talento literario, ya intuirá en donde mete una metáfora, pero quien reconozca que no lo tiene, ya con eso habrá ganado parte del camino, pues sabrá ser efectivo sin necesidad de poetizar los anuncios.

En otros casos, he visto la frustración de talentosos periodistas culturales que tienen un espacio demasiado reducido para describir lo acontecido en un espectáculo o para hacer un comentario de libros. A tales colegas solo puedo recordarles que, según dicen, un buen cocinero es capaz de hacer un manjar con un tomate, y como dijera Baltasar Gracián: “si bueno y breve, dos veces bueno”. Además, todo aquello que no te sea posible publicar en un medio impreso, llévalo a tu blog.

El periodismo cultural no es asunto de escribir difícil ni alambicado, sino de manera sencilla y bien hecha. Acerca de esto,
En lo que respecta a la Escritura del periodismo cultural lo importante, en todo caso, es tomar conciencia de que quienes lo ejercemos lo hacemos con la misma pasión que pone un carpintero al cepillar todos los ángulos de sus muebles. El periodista cultural tiene una extraña vocación por escarbar qué hay delante, a los lados y tras bambalinas.

Hacer periodismo cultural es como crear un buen ropero. Es casi una meditación. O si estoy en la hemeroteca, por ejemplo, debería ser de esos que huelen los diarios, que curiosean por qué están desvencijados los escritorios. Después, clasifico la información por la que llegué, pero algo de lo absorbido en el entorno de una hemeroteca puede que influya en mi escritura. Es semejante al proceso que va desde la serruchada hasta el barniz final. Lo mejor de todo es que la escritura no es un asunto sagrado. Lo mismo da meter un verbo y después sacarlo, que lijarlo y al final eliminarlo.

No hay un secreto para escribir un buen periodismo cultural, sino el leer de todo, leerlo todo y ejercitarse en la escritura. Uno de nuestros mayores desafíos es escribir bien, no digo escribir bellamente, sino bien, con las palabras puestas en el lugar correcto, para no ser nosotros los autores de avisos como aquellos famosos que estoy seguro de que muchos conocemos:
“Se hacen bolsas para señoras de cuero fino”,
“Se fabrican muebles antiguos”,
“Si tiene puercos, amárrelos, si no, no”
“Se contratarán señoritas nuevas”

De manera, pues, amigos y amigas, periodistas, blogueros, estudiantes de periodismo, creadores de pagina web, fotógrafos, decanos de las facultades o carreras de comunicación de las distintas universidades. Todos y todas las que de alguna forma estén trabajando o estén interesados en la comunicación para la cultura, quisiera terminar diciéndoles que los periodistas culturales debemos ser capaces de construir una pequeña silla y también de redactar un edificio de cedro, solo necesitamos aprender cómo se fabrican las estructuras de un buen texto.

Debemos ser capaces de conocer las viejas formas de hacer periodismo y avanzar sobre las nuevas herramientas de consulta, y hay que saber buscar, porque, a veces, importa más lo que dice la calle que la Internet.

Al principio decía que si cruzamos un río saltando sobre algunas piedras, entenderemos perfectamente lo que Centroamérica ha sido para muchos intelectuales, artistas, traficantes de drogas y políticos.

Digo todo esto porque estoy un poco harto de que en el extranjero nos vean como a potenciales mareros, migrantes y come frijoles. Y porque nosotros mismos en Centroamérica no nos valoramos. Entre nosotros, los centroamericanos, nos vemos con indiferencia y nos desconocemos unos a otros. No les diré un resobado discurso de que nos unamos, de que trabajemos juntos, de que Francisco Morazán o que Simón Bolívar esto y lo otro, ni siquiera les digo que formemos una asociación, pero sí les aseguro que mucho harán quienes siendo periodistas culturales hagan lo que hacen con profunda alegría, con entrega, con fuerza, en dos palabras, con ciencia y corazón.

Juan Carlos Lemus,
Centroamérica, febrero del 2011