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Sí, periodista

No busquen en mí a un periodista neutral, sin opinión. Cuando miles de personas mueren de hambre o de enfermedades evitables cada día, cuando se destroza a pueblos enteros y se pone en peligro a todo el planeta, cuando el futuro se vuelve cada vez más incierto, mi labor como periodista no puede ni debe ser aséptica ni distante.

Y, por tanto, no lo es.

“Gran hermano”, “Corazón, corazón”, “Salsa rosa” o este tipo de programas son los que configuran nuestro imaginario colectivo, en el que para nada se nos presenta un mundo en el que vamos a tener unos escenarios futuros, en el que nos vamos a ver obligados a acometer reconversiones y reformas profundas para caminar hacia un mundo más sostenible y más justo socialmente. Lo que se plantea es que la forma de encarar estos escenarios consiste en seguir consumiendo y en seguir disfrutando de las posibilidades que nos brinda esta globalización que beneficia a unos pocos en el planeta. La percepción que tenemos de los acontencimientos globales se produce a través de esos telediarios en los que se nos da una información muy fragmentada. Para nada se nos sitúa en los contextos en los que se producen los hechos. Se nos resalta sobre todo el horror de lo que acontece fuera de nuestras fronteras, fuera de los espacios del Norte, para decir que el enemigo está ahí, que el enemigo es un mundo crecientemente incontrolable en la periferia, y que aquí logramos mantener todavía nuestros valores, nuestras conquistas, nuestro bienestar. Se nos configura el resto del mundo como el lugar donde es preciso intervenir para proyectar la paz. Se nos va preparando para esa necesidad de intervención creciente de los poderes económicos, políticos y militares en un espacio exterior que se nos muestra caótico, lleno de pobreza y caos social. En absoluto se nos dice cómo tenemos que caminar hacia un mundo distinto. Para que sea un mundo seguro es preciso que no camine hacia la desigualdad creciente. Para que sea un mundo justo y sostenible tenemos que ir caminando también hacia un modelo económico y productivo que no esté basado en el crecimiento y la acumulación constantes, dados los problemas que se derivan en un ecosistema finito como es la biosfera. Para eso hay que poner en cuestión el propio concepto de crecimiento. Este tipo de reflexiones no tienen cabida, sin embargo, en los medios globales.

Por globalización se entiende ahora la reducción de las relaciones internacionales a las relaciones comerciales financieras. El poeta Antonio Machado escribió hace muchos ańos: “Ahora cualquier necio confunde valor y precio”. Y ése es un retrato del mundo global, en donde se confunde valor y precio: dime cuál es tu cotización y te diré cuánto vales.

Nuestro enemigo principal es el miedo. Y lo tenemos dentro. Somos prisioneros del miedo. En la medida en la que el mundo pueda liberarse de esta presión del miedo va a poder ir saliendo de la trampa en la que está metido y va a poder sobrevivir con dignidad. Porque el miedo nos condena a  una vida indigna fundada en la aceptación de lo inaceptable. Donde lo intolerable y lo brutal se convierten en cotidiano y habitual. Contra esta tradición de la impotencia se alzan hoy voces que reivindican el derecho a vivir sin miedo. Éste es un mundo gobernado por el miedo. El miedo de hacer, el miedo de recordar, el miedo de ser, el miedo de vivir. El miedo al hambre y el miedo a la comida. El miedo al ladrón y el miedo al policía. Vivimos en un estado de miedo perpetuo. Y el miedo es muy paralizante. Es un gas paralizante que nos impide cambiar. El combate por la dignidad pasa por el combate contra el miedo. El miedo era y es nuestro enemigo principal.

Supongo que el periodismo para mí, a ojos de usted, es más bien un vulgar caso de adicción, o quizás el cuadro sintomático de un lamentable desorden obsesivo-compulsivo, y sin duda que acierta. Y, sin embargo, el concepto de adicción no es lo suficientemente rico, lo suficientemente profundo,  para describir este hambre. Yo preferiría llamarlo amor. Incipiente quizás, pervertido incluso, sin duda no correspondido, pero, así y todo, amor. Aquí se sitúa el comienzo, crudo y glutinoso, de una de las pasiones de mi vida. Si hubiera sido algo más astuto, habría visto, en el espantoso dolor que me provocaba el ejercicio de esta pasión, una advertencia, un augurio de los interminables padecimientos de los que el amor, al parecer, viene siempre acompańado.

Y es que ahora que teníamos todas las respuestas nos cambiaron las preguntas. Buena suerte compańer@!!!